Día 3: Peñíscola

No subimos mucho más por la costa, pasamos por Peñíscola y me acordé del Castillo del Papa Luna.
Me pareció que sería divertido tocar junto a los muros del castillo junto al mar. Ya anochecía y aparcar la furgo junto a la playa para pasar la noche no era mala idea.

Así que, tras atravesar hordas de gente por el paseo marítimo, encontré un sitio tranquilo junto a la muros que parecía un mirador rodeado de un mercadillo de artesanos.
Monté los bártulos, empecé a tocar y la gente comenzó a sentarse delante y a aplaudir. Me vine arriba y empecé a presentar cada canción antes de tocarla como si fuese un concierto en un bar. Creo que hasta se me escapó una vez “gracias por venir” como si el concierto estuviese programado…esta cabeza mía….

Tras casi 2 horas tocando pensé que ya era suficiente, nunca sabes si molestas a una gente por mucho que parezca que estás agradando a otra, y estaba bastante cerca de los artesanos. A sí que, pese a alguna petición más de alguna persona que se acababa de sentar, empecé a recoger. Cayeron bastantes monedas en la funda y la poca policía que pasó sonreía y todo. ¡Qué más se puede pedir!

Compramos hielo, saqué la botella de Bell’s cortesía del abuelo, unas velas y nos fuimos a la playa a celebrar que el mundo es así de estupendo.
Un poco perjudicados volvimos a la furgo a descansar con idea de llegar a Barcelona al día siguiente.
Bendita ignorancia, no sabíamos que no iba a ser una noche “tranquila” precisamente.

Un abrazo,

Hare